A menudo cargamos con ideas preconcebidas de cómo “debe” ser el mundo. Nuestra mente, cerrada por costumbre o miedo, genera resistencia natural al cambio, a lo nuevo y a lo diferente.
Sin embargo, en otras ocasiones logramos adaptarnos, y entonces fluimos como el agua de un río que se abre paso hasta el mar. Esa es la esencia de la vida: movimiento, transformación y aprendizaje constante.
Pero sucede que, aun cuando intentamos fluir, a veces por un lapsus o una decisión espontánea, nos dejamos arrastrar por la corriente y empezamos a sentir calma. Es ahí cuando nuestro cerebro activa viejas creencias: miedos, inseguridades y patrones limitantes que nos hacen pensar que vamos a ahogarnos. La corriente que era tranquila se vuelve turbulenta en nuestra percepción.
En ese momento reaccionamos de distintas formas:
Nadamos contracorriente, luchando contra lo inevitable.
Nos dejamos hundir en la frustración, la rabia o la culpa.
O simplemente nos paralizamos, sintiendo miedo, enojo y confusión.
Y así, una y otra vez, volvemos a quedar atrapados en el mismo ciclo.
La clave está en reconocer que las aguas turbulentas no están afuera, sino dentro de nosotros. No es el río el que cambia, sino la forma en que lo percibimos. Si aprendemos a confiar, soltar y observar sin juicio, el fluir se convierte en una oportunidad de crecimiento y no en una amenaza.
El río de la vida siempre sigue su curso. La decisión es nuestra: ¿luchar contra él hasta agotarnos o aprender a nadar con confianza, conscientes de que cada corriente nos conduce a un mar más grande?
Gracias por acompañarme. Si este río también resuena en ti, te invito a seguir leyendo, compartir y, sobre todo, a dejarte fluir conmigo en este viaje.” 💌